Es complejo situar el encuentro
con lo político cuando nos vemos desde el mismísimo nacimiento involucradxs en
un ordenamiento social que determina la normalidad, en una política de lo
político de nuestros cuerpos arbitrariamente diferenciados en un binomio
artificial amparado por la biomedicina y la legalidad del sexo femenino, por
ejemplo. En este sentido, la tarea de situar biográficamente el encuentro con
esa “deliberación social” que nos trasciende, requiere de un enrevesamiento
memorístico de alta abstracción.
Destrabando este lenguajear y
dudando de las fronteras conceptuales entre la política, lo político y la
politización –y de las posibilidades de deliberación- en el ejercicio de poder
situar una experiencia biográfica de socialización política, me hace sentido
sacar a colación a mi madre, profesora de historia; y a mi padre, militar mecánico.
Ambxs nacidxs pobres y crecidxs pobres, corriendo por los caminos de piedra de
un sur no tan sur, cerca de San Carlos. Vuelvo mi memoria hacia ella, una
sindicalista aguerrida, a sus tardes de viernes en mi casa, reunida con sus
colegas juntando las chauchas pa´armar no sé qué cosa, peleándole con uña y
dientes mejoras laborales a la directora del colegio subvencionado, la señora
Margarita. Recuerdo también a mi viejo con su overol operando tanques,
corriendo con mi hermano por el Batallón Limache, subiéndonos en cuanta máquina
encontrábamos, perdiéndonos en galpones gigantes con olor a aceite y comiendo
en el “rancho” (casino).
Poco y nada se metía mi viejo en
política, era de derecha por convencimiento institucional, le gustaba ser
milico tanto como arreglar el auto. Mi mamá hablaba a destajo, tenía a flor de
labios un sospechoso discurso “rojo maraco intenso” (como el color del vestido
que le gustaba). Creo que mi formación se retrata en las canciones que escuchábamos
cuando viajábamos al sur a ver a lxs abuelxs, coreando firme y fuerte “Adiós al
Séptimo de línea” y “Vuelvo para vivir”
-amarillismo puro- pensé cuando leí a Gabriel Salazar en el curso “Historia
Social de Chile”, y ambxs me dieron rabia. Por una cosa de imaginario
colectivo, un poquitín de historia y unos cuantos testimonios de lo que había
pasado en dictadura, un viejo milico no era como pa´ sentir orgullo, pero no
había rechazo en mi corazón, menos después de toda una infancia celebrando “La
pascua del soldado” con dulces, juegos, piscina y el famoso trencito que nos
paseaba. Lo que no entendí nunca, es cómo mi vieja se casó con él. A medida que
avanzaba ese curso el milico se fue satanizando hasta hacerse despreciable, y
la profe de historia una ironía insoportable. No sé si es rabia la palabra, era
frustración, decepción profunda, y mucho dolor existencial ante la mierda
humana.
Esos colores inasibles, se fueron
poco a poco condensando en mi mente en cuestiones mucho más claras, como el
recuerdo de las/os estudiantes de mi mamá almorzando en la casa, o el viejo
preocupado por lxs vecinxs y reparando cuanta cosa llegara a sus manos. Fui poco
a poco más consciente de esa pobreza desgarradora que se perpetuó en una serie
de violencias, logrando situar los gritos, la imagen de los correazos junto a
mi hermano y el ¡deja de llorar! Mientras me lavaba la cara con cachetazos de
agua. Esa mujer endeudada que abría mi chanchito para comprar el pan, llena de
promesas incumplibles de viajes en avión a no sé qué parte del mundo. Agudizar
la mirada y situar esas vidas dedicadas a tener una “casa bonita” y a educar hijxs
“para que no fueran como uno - para que no sufrieran como uno”, me permitió
complejizar mis sentires. Esa pobreza la llevo puesta, entendiendo que fueron y
han sido siempre, la mejor –y única- versión de sí mismos. Así, situadxs en la
historia, en mi propia biografía, mi encuentro primigenio con “lo político” es
mi encuentro con esas dos personas que han sido madre y padre para mí, a quienes
abrazo con inmenso cariño.
R. Rodríguez Merino

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