viernes, 25 de agosto de 2017

Enrevesamiento memorístico de alta abstracción

Es complejo situar el encuentro con lo político cuando nos vemos desde el mismísimo nacimiento involucradxs en un ordenamiento social que determina la normalidad, en una política de lo político de nuestros cuerpos arbitrariamente diferenciados en un binomio artificial amparado por la biomedicina y la legalidad del sexo femenino, por ejemplo. En este sentido, la tarea de situar biográficamente el encuentro con esa “deliberación social” que nos trasciende, requiere de un enrevesamiento memorístico de alta abstracción.

Destrabando este lenguajear y dudando de las fronteras conceptuales entre la política, lo político y la politización –y de las posibilidades de deliberación- en el ejercicio de poder situar una experiencia biográfica de socialización política, me hace sentido sacar a colación a mi madre, profesora de historia; y a mi padre, militar mecánico. Ambxs nacidxs pobres y crecidxs pobres, corriendo por los caminos de piedra de un sur no tan sur, cerca de San Carlos. Vuelvo mi memoria hacia ella, una sindicalista aguerrida, a sus tardes de viernes en mi casa, reunida con sus colegas juntando las chauchas pa´armar no sé qué cosa, peleándole con uña y dientes mejoras laborales a la directora del colegio subvencionado, la señora Margarita. Recuerdo también a mi viejo con su overol operando tanques, corriendo con mi hermano por el Batallón Limache, subiéndonos en cuanta máquina encontrábamos, perdiéndonos en galpones gigantes con olor a aceite y comiendo en el “rancho” (casino).

Poco y nada se metía mi viejo en política, era de derecha por convencimiento institucional, le gustaba ser milico tanto como arreglar el auto. Mi mamá hablaba a destajo, tenía a flor de labios un sospechoso discurso “rojo maraco intenso” (como el color del vestido que le gustaba). Creo que mi formación se retrata en las canciones que escuchábamos cuando viajábamos al sur a ver a lxs abuelxs, coreando firme y fuerte “Adiós al Séptimo de línea”  y “Vuelvo para vivir” -amarillismo puro- pensé cuando leí a Gabriel Salazar en el curso “Historia Social de Chile”, y ambxs me dieron rabia. Por una cosa de imaginario colectivo, un poquitín de historia y unos cuantos testimonios de lo que había pasado en dictadura, un viejo milico no era como pa´ sentir orgullo, pero no había rechazo en mi corazón, menos después de toda una infancia celebrando “La pascua del soldado” con dulces, juegos, piscina y el famoso trencito que nos paseaba. Lo que no entendí nunca, es cómo mi vieja se casó con él. A medida que avanzaba ese curso el milico se fue satanizando hasta hacerse despreciable, y la profe de historia una ironía insoportable. No sé si es rabia la palabra, era frustración, decepción profunda, y mucho dolor existencial ante la mierda humana.


Esos colores inasibles, se fueron poco a poco condensando en mi mente en cuestiones mucho más claras, como el recuerdo de las/os estudiantes de mi mamá almorzando en la casa, o el viejo preocupado por lxs vecinxs y reparando cuanta cosa llegara a sus manos. Fui poco a poco más consciente de esa pobreza desgarradora que se perpetuó en una serie de violencias, logrando situar los gritos, la imagen de los correazos junto a mi hermano y el ¡deja de llorar! Mientras me lavaba la cara con cachetazos de agua. Esa mujer endeudada que abría mi chanchito para comprar el pan, llena de promesas incumplibles de viajes en avión a no sé qué parte del mundo. Agudizar la mirada y situar esas vidas dedicadas a tener una “casa bonita” y a educar hijxs “para que no fueran como uno - para que no sufrieran como uno”, me permitió complejizar mis sentires. Esa pobreza la llevo puesta, entendiendo que fueron y han sido siempre, la mejor –y única- versión de sí mismos. Así, situadxs en la historia, en mi propia biografía, mi encuentro primigenio con “lo político” es mi encuentro con esas dos personas que han sido madre y padre para mí, a quienes abrazo con inmenso cariño. 

R. Rodríguez Merino

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